Desayuno en Tyffany’s o el valor de las ideas

Decía Fernando Fernán Gómez que hay que intentar que las grandes ideas parezcan pequeñas, superficiales, cotidianas… Me parece que tendemos a lo contrario, damos a lo pequeño y cotidiano carácter de grandeza.

De entre todas las ideas e ideales que tendemos a aprehender o comprender (belleza, amor, amistad, armonía, felicidad…) es la idea de «verdad» la que puede convertir la vivencia jovial de la búsqueda de conocimiento y comprensión de algo, en una experiencia mucho menos jovial y algo más peligrosa.

Si añadimos a las ideas anteriores, la idea de «uno mismo», esa tendencia hacia el descubrimiento de la verdad también nos deja huella. Nos lleva a pensar que hay una verdad sobre nosotros y que yo debería conocerla. Entrada la edad adulta se nos pide que ese conocedor supremo sea uno mismo, aunque tal saber pueda externalizarse en manos de otros expertos o especialistas del Sí mismo.

Filosofía, ciencia y religión son grandes fuentes de conocimiento disponible y directamente interpretables por cada cual. Aunque en la actualidad disponemos de diferentes especialidades, o “especialistas” que hacen de ese conocimiento interpretable, un oficio o un negocio. Un poco como los sofistas de la antigua Grecia, aunque ahora son muchos más y dan más crédito a “su verdad”, en lugar de apoyar el relativismo y escepticismo, sellos de identidad de aquellos griegos, por lo que fueron criticados y señalados. ¡Lástima¡

Y me pregunto: ¿Cómo hacer de una idea tan cotidiana como el sí mismo, un conocimiento o vivencia jovial? me refiero a un conocimiento o sabiduría alegre y gozosa, a una ciencia gaya, o gay saber, al que Nietzsche se consagra en uno de los momentos más amables de su vida. ¿Qué hace que el conocimiento de uno mismo, se aleje de la búsqueda de alguna verdad esencial, para acercarse a ese conocer jovial y sabio? No sé si son preguntas de interés para la ciencia o la educación actual, pero lo siguen siendo para la filosofía. Una filosofía cada vez menos presente en nuestras aulas y nuestras sociedades del conocimiento.

Y en esa búsqueda que interesa a la filosofía, pero también debería interesar a las ciencias y a las humanidades, las preguntas a veces son más importantes que las respuestas. Porque hay preguntas que crean algunos problemas. Preguntar qué es el Sí mismo puede crear algunos, dependiento de los enfoques y de los supuestos de los que partimos, especialmente si el supuesto afirma que hay una verdad esencial o verdadera, singular y única a la que es posible acceder y por tanto delimitar.

Así es como interpreto muchas de las dificultades para comprender y comprendernos en muchos ámbitos de la vida, y que tiene su origen en la historia de nuestro pensamiento premoderno y posterior a la modernidad en ciencia y filosofía. Si bien durante siglos, filosofía y ciencia aspiraban a un conocimiento verdadero del mundo, el postmodernismo hace tambalear los «a prioris» y la búsqueda de la verdad de cualquier producción humana (arte, filosofía y ciencia). Normal que estemos en transición… y con bastante lío entre algo que ya no puede ser y algo que no podemos llegar a saber: la verdad verdadera. Ciencia y filosofía ¡saben ya¡ que podemos aspirar a mucho más, con algo más de jovialidad y menos pretensión: generar comprensiones más completas, más inclusivas y por tanto más certeras, NO verdaderas, a cerca de uno mismo y del mundo. Sin embargo, algo de aquella búsqueda esencialista nos persigue, cuando buscamos o adoptamos soluciones definitivas, finales, verdaderas que disminuyen ilusoriamente nuestra incertidumbre, al mismo tiempo que nuestro pensamiento crítico, y nuestra sabiduría.

Y todo esto porque esta mañana desayunando, he vuelto a recordar aquella pregunta que representa en la literatura ese esencialismo propio de la modernidad que se desprende de la obra de Truman Capote, cuando un invitado al apartamento de Holly (Audrey Hepburn) increpa al “amigo Fred”, (George Peppard) en la película).

– ¿Qué opina? ¿Lo es o no lo es?
– ¿Qué?
– Una farsante.
– Yo diría que no.
– Se equivoca. Lo es. Aunque, por otro lado, tiene usted razón. No es una farsante porque es una farsante autentica. Se cree toda esa mierda en la que cree. No hay modo de convencerla de lo contrario. Lo he probado de todas las maneras, hasta llorando (…) No hay quien la convenza de lo falsas que son esas, –cerró el puño como si se tratase de estrujar lo intangible,- ideas. Pruébelo algún día. Pídale que le explique todas esas cosas en las que cree… (*)

Hay preguntas que no necesitan hacerse. Y no porque no puedan o deban hacerse sino porque parten de supuestos fijos, estáticos, esenciales y verdaderos que conviene revisar.

Lo más jovial, alegre y pequeño que se me ocurre esta mañana es pensar en esa capacidad nuestra de poder descubrir nuevas narraciones en un mismo texto.

Feliz semana.

(*) Pasaje de la obra: Desayuno en Tiffany´s de Truman Capote