El talento y el fantasma de la inutilidad

En las sociedades que compiten por el talento existe un temor que socava la confianza de muchos trabajadores para mantenerse o acceder al mercado de trabajo. Un mercado que no favorece la posibilidad de construir una carrera progresiva, ni necesariamente premia la experiencia adquirida en torno a una profesión o un oficio. El “fantasma de la inutilidad” es un argumento utilizado por Sennett, para explicar cómo en las sociedades de las habilidades, los temores a estar de más o quedarse atrás se relacionan con el talento.

Este temor no es nuevo, se ha ido gestando en las transformaciones ocurridas en las sociedades tradicionales y modernas, en años previos a la revolución industrial. Pero en las economías globales, ese temor adquiere nuevos matices que interesa explorar, al menos para que el fantasma cobre cuerpo. Tres son las fuerzas que a juicio de Sennett conforman este temor. La globalización de la fuerza del trabajo, las tecnologías y la edad o el envejecimiento. Es posible que alguna de estas fuerzas no afecten a nuestra situación particular, pero juntas explican mucho de lo que directa o indirectamente tememos.

La primera fuerza hace referencia al hecho de que la economía global busca salarios bajos y trabajadores que ahora están altamente cualificados y preparados en cualquier parte del mundo. Muchos trabajadores, sin saberlo, compiten con sus pares situados a miles de kilómetros y han de afrontar el hecho de no ser tan necesarios en un mercado global que busca talento barato.

Que la tecnología ha cambiado la naturaleza del proceso productivo es algo que no se esperaba cuando aparecieron las primeras máquinas. La tecnología nos proporciona un valor mucho mayor que lo que podría conseguirse sin ella y hemos de afrontar la pérdida de empleos en todos los sectores de la economía. El problema aún no resuelto no tiene que ver con la tecnología, sino con la manera en que organizamos, repartimos y potenciamos el trabajo humano que no se reduce, ni debería reducirse al de empleo remunerado.

La tercera fuerza nos resulta más familiar, sobre todo si nos encontramos en una franja de edad en torno a los 50, porque el mercado de trabajo prioriza el talento efímero y barato; la tolerancia a lo ambiguo frente a la capacidad crítica; y el potencial frente a la experiencia. Estas podrían ser las razones de porqué trabajadores con una sólida experiencia y habilidades adquiridas a lo largo del tiempo, tengan dificultades para trabajar y gestionar una vida laboral cada vez más larga. En un mercado global hay razones de peso para contratar jóvenes talentos con menores salarios, más adaptables y flexibles y menos críticos con sus empleadores. El talento ya no se asocia a la experiencia acumulada y muchos trabajadores con amplia experiencia quedan apartados o son sustituidos por sus pares más jóvenes. No deja de ser curioso cuando, al menos en investigación seria sobre talento, es la experiencia acumulada, las “horas de vuelo” y la práctica intensiva lo que convierte una incipiente habilidad en talento. Pero el talento es como la moda, aunque ya disponemos de algunos básicos (flexibilidad, adaptación, capacidad de emprendimiento…) cambia con la nueva temporada.

Giddens ofrece una comprensión muy atinada de los procesos de pérdida y reapropiación de habilidades, ahora imprescindibles para afrontar la vida doméstica, personal y laboral. Incluso los empleos más tradicionales se transforman y los trabajadores necesitarán invertir en constantes actualizaciones o en una reconversión de la propia actividad, que no siempre será financiada, apoyada o promovida por las instituciones.

Pero lo peor del fantasma de la inutilidad es que un talento “de mercado”, principal criterio de valor en la economía global, se convierta en el criterio con el que nos medimos social y personalmente. De las instituciones y las economías esperamos que se reconozca y afronte la dimensión social de un problema global como el acceso al empleo y al reparto de trabajo. Desde el punto de vista más personal e íntimo, alejar el fantasma de la inutilidad requiere, al menos, distinguir entre el talento de mercado y el valor de las manifestaciones más humanas. Nada más humano que nuestras experiencias y aprendizajes, nuestras esperanzas, proyectos y anhelos, así como los trabajos que afrontamos cada día, sean domésticos, familiares o comunitarios, aunque no sean remunerados.

2 pensamientos en “El talento y el fantasma de la inutilidad

  1. Pilar un muy buen resumen de la situación. Solamente añadiría un tema. Posiblemente por vez primera en la historia la tecnología destruye puestos en un sector (en el que se aplica) y no crea en otros o al menos el balance no es positivo hacia la creación de puestos. El tractor se cargó a los herreros pero hizo aparecer a los mecánicos (simplificando mucho). Hoy no estoy seguro que el balance sea positivo. Saludos.

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  2. Gracias por el comentario. Muy de acuerdo con la observación. El balance no es positivo y nos encontramos ante la paradoja de que la producción de riqueza conlleva la reducción de puestos de trabajo. Si esto es así interesa explorar qué hacer para invertir esta destrucción “creativa”: http://economia.elpais.com/economia/2016/01/24/actualidad/1453668195_989625.html
    Cualquier sugerencia, propuesta o lectura para explorar esta cuestión será bienvenida.
    Saludos

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